
Queridos amigos de los sitios de venta de antigüedades,
En primer lugar, quiero felicitarlos por su pasión por preservar y compartir objetos históricos y culturales con el mundo. Su dedicación a la preservación de la historia es admirable y es una contribución importante a nuestra comunidad global.
Como amigos y compañeros en este campo, me gustaría recordarles la importancia del sentido de comunidad en nuestra industria. Si bien cada sitio de venta de antigüedades tiene su propio enfoque y enfoque, todos compartimos una pasión común por la historia y la cultura. Como tal, creo que es importante que trabajemos juntos para fomentar un sentido de comunidad y colaboración.
Al colaborar entre nosotros, podemos compartir recursos y conocimientos, apoyarnos mutuamente y hacer crecer nuestra industria juntos. Podemos unir nuestras fuerzas para enfrentar los desafíos que se presentan, como la lucha contra la falsificación y el fraude. También podemos trabajar juntos para educar al público sobre la importancia de la historia y la preservación cultural, y para inspirar nuevas generaciones de entusiastas de la historia y coleccionistas.
Así que los invito a unirse a mí en la construcción de una comunidad fuerte y unida de sitios de venta de antigüedades. Juntos, podemos hacer una diferencia positiva en nuestro mundo y en la forma en que la historia es valorada y apreciada
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XIII
¡Un Servidor!
Los aires de independencia se enrarecían cada vez más. Más boicot por parte de los hindúes, más opresión y castigo por parte del imperio.
The Fliying to Freedom, era la única empresa aérea que no boicoteaban: representaba el símbolo de la libertad y del éxito del cooperativismo. ¡Funcionaba!
No era extraño que al volar sobre un poblado, algún partidario del Santón lanzara al espacio una resma de panfletos con escritos arengando a plegarse al movimiento independentista. Al piloto esta situación no le agradaba mucho, y no quería tener problemas por una causa que no era la suya.
No pudo evitar que la cooperativa brindara sus servicios al movimiento.
El Espíritu de la India trasladaba a pacíficos líderes revolucionarios y a su imprenta; y cuando la golpiza era dura, también hacía de ambulancia de emergencias.
El pueblo amaba al Douglas DC-3, sabían que su único piloto era inglés, y lo amaron también.
En Benarés, la gente al reconocerlo despejaba las calles, y dejaba pasar al mimetizado piloto, y con un solemne y reverencial saludo le expresaba su gratitud.
Albert no preguntaba ni opinaba, y trataba de mantener su anonimato; y en las terminales de vuelo, solía bajarse con un turbante en su cabeza, cubiertos sus ojos con anteojos negros.
Rumbo a Bombay partió junto con su mecánico, a entregar una carga de té. A su retorno tenía que esperar en la pista y transportar gente de regreso a Nueva Delhi.
Después de aterrizar, qué mejor que cerrar los ojos y dejarse llevar por la apacible somnolencia de una tarde de verano, adornada por el continuo y adormecedor ruido de una chicharra.
Un murmullo lejano lo conmovió en su descanso. Creyó distinguir voces y ruidos, pero se sentía tan relajado que no podía evitar continuar preso del sueño. El cuchicheo aumentó. Jiddu bajó de prisa la escalera de la puerta de ascenso. El piloto escuchó que corría hacia él, y sintió que golpeaba con insistencia a su butaca, diciéndole:
-¡Sr. Bow arranque ya! ¡Ya…ya ahora…!
Albert desorientado, sin saber dónde estaba y en qué tiempo vivía, se despertó sobresaltado y miró sorprendido a su exaltado tripulante. Se acercó a la ventanilla y reparó que aparecían las personas que esperaba, pero ¡venían corriendo despavoridas!, cómo si huyeran de algo. Puso en marcha los motores, y observó cómo se agolpaban en la pequeña puerta y trataban de subir al avión: trepaban ayudándose entre ellos, y se acomodaban apretados, haciendo lo imposible para que entraran todos. Empezó a tomar pista; y logró levantar su patín de cola en contados metros. Los tripulantes contemplaron azorados que los estaban persiguiendo los Land Rover de la policía imperial, que tocando su continua sirena trataban de ponérseles a la par. Albert y Jiddu contemplaron cómo se fueron empequeñeciendo los cuatro jeeps. Con bronca el inglés sacó su brazo por la ventanilla: amagó poner su puño cerrado y con el dedo mayor ¡rígido!, reflexionó que estaba en Bombay y no en Buenos Aires; se apaciguó y volvió a tomar sus comandos.
Estaba resignado a su suerte, y sabía que de una forma u otra, de ésta no salía: estaba abiertamente apoyando a los partidarios del Santón.
El vuelo era apacible y con buen clima. Sus pacíficos pasajeros guardaban silencio absoluto.
Por costumbre y por medidas de seguridad, siempre examinaba el compartimiento de la carga. Sin dejar su manejo y dando media vuelta su cuerpo, escudriñó los rostros de las cincuenta y tantas personas que llevaba; pasó dos veces su mirada y le llamó la atención un rostro familiar, sentado en el medio y mirando apacible hacia la cabina. Se enderezó, y observó sus instrumentos y corrigió levemente su rumbo. Pero había quedado intrigado por ese pequeño rostro aceitunado de calva, con pequeños ojos que se perdían detrás de unos fatigados anteojos redondos, sostenidos en sus separadas orejas, y debajo de su nariz aguileña, unos finos bigotes. Su mecánico y eventual copiloto, se percató de la mirada curiosa e insistente del piloto, y antes que le pregunte, dijo:
-Es Gandhi. Es nuestro Mahatma Gandhi.
-¿No me digas que estoy llevando a tu Mahatma…? ¡Jiddu! -dijo el Piloto.
-¡No! ¡El Espíritu de la India, es el que está llevando al Mahatma! -exclamó Jiddu con un orgullo que confundió al piloto.
El comprometido inglés se quedó mudo, y mientras rascaba su barbilla pensaba: iba ser muy difícil que algún día pudiera retornar a su patria.
Llegó a Delhi, la luz del sol se estaba perdiendo detrás de las últimas casas de la ciudad e iluminaba escasamente al villorrio hacia el sudoeste. El avión aterrizó con poca iluminación en un descampado cerca del mismo.
Nadie aguardaba a los miembros separatistas, ni a su líder. Jiddu esperó que descendieran los primeros rebeldes, y ayudó al Mahatma poniendo lo mejor de sí extendiendo su mano y tomándolo de uno de sus antebrazos; el frágil cuerpo de Gandhi no le resultaba pesado sino delicado. Lo rodearon el resto de sus colaboradores y se organizaron para llegar a pié hasta la ciudad. El Santón se acercó humildemente frente a la trompa del Douglas, y miró al piloto -que venía observándolo desde que partió de Bombay- y con una suave e infantil sonrisa, lo saludó insinuando apenas una reverencia; como reconociendo a un colaborador insustituible. Albert correspondió gentilmente el saludo. Mientras pensaba sobre lo acontecido, veía alejarse a ese ser de extremada delgadez, con sus finas piernas que terminaban en unos pies callosos, y su cuerpo cubierto por una túnica blanca; caminaba con decisión apoyándose en un cayado hecho de rama de árbol. Sintió en su corazón que no iba a defraudar a este hombrecito tan especial y a su movimiento, y en su silencio íntimo prometió continuar colaborando.
El DC-3 cumplía con su deber de transportar y rescatar a los revolucionados idealistas. Su piloto continuó cobrando en especie, y en las calles de Benarés respondía cortésmente a los saludos de todos aquellos que lo reconocían como el arriesgado piloto del Espíritu de la India.
Cuando retornaba a su hotel, ya no se sentía solo, tenía a su mascota que lo esperaba: era Mr. Pitt ¨el pavo¨, que ahora grande y hermoso lucía su bello plumaje y cenaba con su dueño todas las noches.
Vivía rodeado de gente muy humilde y espiritual, que sabían llevar su destino con resignación y paciencia, y no era de extrañar que todos los días aprendiera una lección de vida.
Realmente, siempre vio este movimiento como un conjunto de personas pobres (aunque rico en ideales y determinación) que querían lograr de su amada India que conquistara su independencia.
No fue el único que se equivocó en el mundo: el Santón y sus partidarios, lograron finalmente la Libertad.
Jiddu y sus hijos se transformaron en ciudadanos de la República de la India al igual que cientos de millones de hindúes.
Un día arribó de un vuelo desde una plantación de té. Después de aterrizar se dirigió a presentar la documentación a la tesorera de la empresa. La mujer de Jiddu al verlo salió corriendo a su encuentro, con sus manos juntas en señal de rezo, llorando gritaba:
- ¡Al Mahatma, lo liberaron!
-¿Lo liberaron?...¡No sabía que estaba preso! -Dijo inocentemente Albert.
La mujer no paraba de llorar y con la voz entrecortada, exclamó:
-¡Nooo! ¡Noooo! ¡Lo asesinaron!
Sabía, que la entristecida mujer era hinduista y budista, y lo que quería ella expresar, era que se había liberado el alma de su cuerpo. Confundido, compartió la congoja y la pena de la mujer y de todo su pueblo.
A la cooperativa, de inmediato comenzaron acudir los seguidores de Gandhi, y el Douglas partía constantemente a la ciudad de Nueva Delhi a llevarlos para que presenciaran sus exequias. Transportó a cientos de ellos, todos llevaban flores blancas unidas por cordeles, y canastos con flores sueltas.
El piloto estaba extenuado, dormía en el avión un par de horas y levantaba vuelo nuevamente llevando a los fieles.
Su avión al final del día, había quedado repleto de flores blancas sueltas desparramadas por su interior, que a los pobres hindúes se les habían desprendido de sus cestas. El interior del Douglas se asemejaba a un mercado de flores en el final de una jornada.
En su último retorno a Benarés, pasó volando muy alto sobre la ciudad de Nueva Delhi, y observó un largo rio blanco que serpenteaba por ella. Comprendió que era el extenso y merecido cortejo fúnebre del Mahatma asesinado. Recordó cuando lo había conocido personalmente, e inclusive recordó esa inolvidable impresión que sintió el día que lo socorrió de la golpiza.
Embargado por la emoción, trabó el comando del nivel del DC-3 con su cinturón de cuero, y dejó que volara por unos instantes solo. Se soltó de su butaca, se paró y fue caminado hasta el fondo entre las olvidadas flores blancas. Se asió fuertemente a una correa suspendida en el techo y abrió la puerta...y una bocanada de aire salió de golpe como si fuera una gigantesca evocación; originando en su interior una gran succión que arrastró consigo a cientos de flores que salieron arrojadas al espacio...Descendían como un largo manto blanco hacia el lejano cortejo. El piloto inglés junto al Espíritu de la India, homenajearon la partida del Mahatma.
El DC-3 con el transcurrir del tiempo, lentamente envejecía y su mantenimiento y reparación se hacían gracias a la habilidad innata de Jiddu y a los repuestos que proveía el otro Douglas accidentado: Jiddu hábilmente cortaba parte de su aluminio, y con golpes y remaches emparchaba al fatigado fuselaje. Cuando fue necesario, también le sacó el motor y su hélice, implantándolos en su gemelo, al igual que lo hubiera hecho el mejor mecánico del mundo. Cuando se silenciaban los últimos golpes de Jiddu, aparecían sus hijas y su mujer portando tarros de pintura, e inmediatamente completaban las talkas (dibujos) y coloreaban las reparaciones con nuevos diseños y mitológicas creaciones.
Al día siguiente el avión reluciente y repintado, estaba listo para volar.
Al par que la situación económica de la nueva república mejoraba, la empresa ocasionalmente cobraba sus viajes en rupias, pero su fama inicial de colaboradora y servidora, la marcó para siempre en la comunidad.
Cuando había que transportar urgentes enfermos, o llevar a cualquier lugar apartado alguna medicina y tener que aterrizar en los más inverosímiles lugares imaginados, allí partía volando el Espíritu de la India con su desinteresado piloto y con su único tripulante y mecánico de abordo: Jiddu.
En un viaje de tantos que hizo a la frontera de la India con el Tibet, el piloto aterrizó en una pequeña terraza artificial de cultivo abandonada, cubierta de una fina capa de nieve y hielo. Debía esperar el arribo de comerciantes nepaleses, que mandaban sus materias primas a ser elaboradas en los talleres de Jaipur y de Dharmashala.
Pacientemente, acomodaban en su interior la mercadería a medida que iban llegando sus clientes. Esperó un día, pero la carga no se completaba como habían convenido. Tenía miedo que lo sorprendiera una nevada inesperada y quedara atrapado.
El viento soplaba sin dejar tregua, haciendo que la nieve corriera como si fueran olas por las laderas inclinadas. La tensión aumentaba. El piloto estaba decidido: mañana partiría sin mediar excusa, y si fuera necesario con la mitad de la carga.
Era de noche, y ráfagas de viento y nieve golpeaban las alas, estremeciéndolas por largos instantes. El piloto y los pasajeros dormían entre cientos de ovillos de lana de yack. Amaneció, y limpiaron la escarcha en los vidrios del parabrisas. Observaron que todo a su alrededor se había transformado en un hermoso paisaje de blanco puro, donde surgían los alejados grises de los picos del Himalaya.
Jiddu abrió la puerta, y un frio helado se introdujo en el interior del avión. Su aliento condensado nubló parcialmente su vista, pero logró distinguir que estaban parados y apilados una veintena de personas frente al avión, que lo miraban con prudencia y hasta con desconfianza. Jiddu reconoció por sus rasgos orientales, por sus pesadas vestimentas y grandes sombreros de piel, que eran tibetanos…Le llamó la atención que había mujeres con niños en sus espaldas y hombres de distintas edades. No acarreaban mercaderías y no eran comerciantes.
Albert se acercó a la puerta con la intención de bajar y probar la dureza de la pista. Estaba decidido a partir lo antes posible.
Observó que su mecánico había bajado, estaba hablando y haciendo mímicas con esas personas de extraño aspecto y vestimenta. Prestó atención que muchos de ellos, tenían túnicas de rojo sangre y sus cabezas rapadas; recordó que había visto hace un tiempo atrás a esos monjes budistas. Esperó paciente que Jiddu terminara de dialogar, y alistar el regreso. El sorprendido hindú regresó al avión con su mirada perdida y reflexiva, se acercó a Albert y le dijo:
-¡Son refugiados! Su país fue invadido por China ¡Se están escapando!
Agregó:
-¡Hay niños! ¡Tienen frio y hambre!
El piloto escudriñó el cielo y observó a las nubes de amenazante gris.
-Está por caer más nieve y no sé si vamos a poder levantar vuelo. -dijo preocupado.
Miró los rostros suplicantes de esas personas que escapaban de su territorio invadido.
-¡Rápido Jiddu! Acomoda a los niños y a las mujeres entre las mercaderías. ¡Que tenemos que partir!
Ayudaron a subir y a encontrar reparo en el avión, amontonados entre los ovillos de lana. Jiddu, a los hombres que quedaban abajo les arrojó unas pieles y galletas duras, y les prometió que retornaría a rescatarlos en dos días.
Los motores arrancaron con dificultad. Fallaban en el orden de encendido; el mecánico cortando su aliento dijo:
-¡Hay bujías a masa…! El frio las puso en cortocircuito. ¡Acelere Bow y levante las revoluciones!
Después de algunos minutos, el sonido de las explosiones delató una mejoría, y poco después funcionaban con armonía todos los cilindros. Con dificultad pero con alta pericia, logró alzar vuelo con sus refugiados.
Reflexionó y cambió el rumbo. Se dirigió a Dharmashala con la intención de dejarlos allí, y que fueran recibidos por las manos solidarias de sus vecinos hindúes.
Enterados los socios de la Cooperativa, resolvieron que día por medio viajaría su avión a la frontera del Tibet, y así socorrerían todos los refugiados que encontrasen.
Retornó a buscar más perseguidos. Después de cuatro horas divisó un sinnúmero de pañuelos de colores, que suspendidos en una cuerda flameaban sobre el improvisado campamento, como si fueran brazos pidiendo ayuda. Apuntó su trompa al longitudinal de la terraza nevada, aterrizó y sus ruedas –frenadas- se deslizaron más de lo calculado. No apagó sus motores; sus explosiones retumbaban en la soledad, y el calor producido por los gases de escape sugestionaba a los presentes con un leve aumento de temperatura del enrarecido clima.
Aparecieron los primeros demacrados rostros, y sin conocer el idioma y con señas, Albert empezó a subir a los niños y ancianos y luego hombres y mujeres. Al final subieron los monjes. Mucho de ellos portaban largos pañuelos blancos de rezos adosados a sus cuellos.
Por su ventanilla contempló de cerca, que los lienzos que flameaban en largas cuerdas extendidas entre varas, estaban escritos con largas plegarias: los refugiados guardaban la esperanza de que el fuerte viento se encargaría de elevarlas al cielo.
Completado el pasaje, viró con extremo cuidado sobre el hielo, colocando el avión en posición contraria al viento. Carreteó y sus ruedas resbalaban sobre el hielo. El piloto, haciendo uso de su extensa experiencia en la Patagonia, aceleró dando toda la potencia a los motores…y antes de llegar al final de la terraza levantó vuelo. Tomó una amplia curva y enfiló hacia el Sur.
Descendió en Dharmashala. Fueron bajando los refugiados, que agradecidos se acercaban a la tripulación del avión, y en acción de gracias ponían sus largos pañuelos blancos en los cuellos de Albert y Jiddu, a la vez que hacían una reverencia y caminaban hacia atrás. Albert, con una sonrisa, les correspondía inclinado levemente su torso. Y cuando se dispuso a subir al avión, se sorprendió que muchos refugiados habían ¡correspondido a la aeronave salvadora!: ¡en todo su fuselaje y en el perfil de sus alas, habían anudado largos pañuelos blancos y lienzos de colores en señal de gratitud!
Continuaron haciendo los viajes de salvamento y rescate. El clima no era bueno, pero sabían que podía ser peor, y estaban agradecidos que el invierno era muy benevolente con ellos.
Cada vez que el DC-3 levantaba vuelo, llevaba adosado sus flameantes y largas plegarias escritas en los lienzos, ¡bien arriba! a unos cuantos miles de pies de la tierra.
Albert observaba a sus pasajeros cuando llegaban después de cruzar por días los fríos desfiladeros de los Himalayas; y aún cuando estaban volando, sentados con sus piernas cruzadas, girando un pequeño cilindro de metal grabado, que pivoteaba en una pequeña punta de madera, y que les servía para ayudar a sus rezos. Cantaban monofónicos Mantras y dejaban ver sus rostros llenos de compasión, de disciplina y de renuncios; a pesar de su infortunio guardaban una serena felicidad.
Los viajes no se hacían monótonos, y después de estabilizar el avión y tomar su velocidad de crucero, Albert se daba vuelta a contemplar a los monjes con sus atuendos de rojo y amarillo, luciendo llamativos colgantes, y en una mano un rosario y en la otra el libro de plegarias.
A medida que tomaba altura, vislumbraba que detrás de los picos de las montañas se asomaba el sol. Sus rayos centellaban en múltiples y radiantes cruces, iluminando sus blancas laderas, que mágicamente devolvían sus reflejos impactando al avión, haciendo resaltar los matices de los Lotos pintados en sus alas. Sintió que su mágica presencia, en su eterno peregrinaje, estaba guiando a la tripulación y a sus circunstanciales pasajeros.
El Espíritu de la India volaba luciendo con orgullo sus incontables y movedizas telas de colores, y sus largos pañuelos blancos que en frenesí vibraban adosados a lo largo de su cuerpo y de sus alas. Y el piloto, al ver la angelical imagen del avión proyectada sobre la nieve…evocaba su niñez con sus cometas de flecos movedizos...infantiles recuerdos de nostálgica felicidad.

La luz de la luna, humildemente iluminó el sendero para que descendiera el DC-3. Aterrizó en Dharmasala. Descendieron la tripulación y los pasajeros. Albert correspondió el saludo, acercando y tocando levemente su frente con las frentes de los monjes, en la usual reverencia, con las manos juntas en señal bendición.
Se aproximaron amistosos hindúes de grandes turbantes y de pronunciadas barbas. Reverenciaban a estos humildes monjes del Dharma Budda. Los acercaron a su Tupas (oratorio) y les ayudaron a encender sus velas evocativas y quemar incienso. En agradecimiento a su feliz arribo, se arrodillaron y apoyaron su frente en el suelo. El tintinear de pequeñas campanitas en el aire, acentuó el clima de enternecimiento de todos los presentes; Albert y Jiddu guardaron silencio, junto a un sentimiento de orgullo que los invadió por unos instantes.
Volvieron a su aeroplano, y se acomodaron en su interior para descansar y dormir.
XIV
Eran mis amigos Los Pilotos
Con el transcurrir del tiempo, otras compañías aéreas se fueron formando a lo largo de la India, que incorporaban nuevos aviones más modernos y eficientes.
The Flying to Freedom, desde su nacimiento estaba proyectada a sus fines sin lucro y de servicios humanitarios.
Poco podía la Cooperativa hacer para mantenerse y competir en el mercado. Nunca logró tener más que su único y fiel avión, el Douglas DC-3, piloteado también por su único piloto, mantenido y reparado por su único mecánico Jiddu y por su numerosa familia.
Sería por eso, que ante cualquier eventualidad se acercaban a solicitar sus servicios; y el policromático avión partía y volaba a cualquier lugar y con cualquier clima y estado del tiempo; con lluvia o tormenta, con frio o calor y sin importarle si hubiera o no pista de aterrizaje. El noble DC-3 y su experimentado piloto aterrizaban en cualquier lugar.
Era un ejemplo del servicio comunitario, y sus asociados hacían las más insólitas peripecias financieras para mantenerlo en condiciones de vuelo.
El persistente tiempo no perdonó al veterano Douglas Dakota, y a pesar de los esfuerzos de Jiddu de mantenerlo ¡Vital!...fue envejeciendo: Dignamente lucía sus cicatrices y remiendos remachados, junto a la fatiga de sus materiales y al desgaste de sus motores (que continuaban funcionado a pesar de las incontables horas de vuelo).
Para proveer de alimentos y ropas a una comunidad que vivía perdida en un pequeño pueblo del interior, cercado por montañas y sin acceso por caminos: ¡qué mejor que el aguantador avión de la cooperativa lo hiciera!
Cargado totalmente por donativos de la Cruz Roja, el Douglas se aprestaba a tomar vuelo. El piloto verificó su instrumental y esperó que su mecánico le alcanzara el último parte meteorológico para las próximas horas.
Viajaba solo, y antes de ir al final de la pista miró la manga indicadora de la dirección del viento:
-Noreste…pensó-, y le llamó la atención que arriba del hangar estuviera parado Mr. Pitt, el pavo. Lucía su hermosa y desplegada cola bajo la luz del sol, brillaban sus colores tornasolados de verdes y azules, salpicados por cientos de pintados ojos índigos. Daba la grata apariencia de un firmamento estrellado. Creyó que estaba manifestando su cariño y…despedida:
-¡Mi amigo…pensar que siempre creí que eras un simple pavo!, y hoy me demuestras que eres un ¡Pavo Real! ¡Nos vemos en dos días…Pitt! –dijo- a la vez que movió sus aceleradores y avanzó buscando la dirección contraria al viento.
Volaba mirando la fascinante bóveda celeste que lo rodeaba. Abajo, los verdes sembradíos y algunas que otras construcciones milenarias.
Todo en aparente quietud...una armonía inquietante que presagiaba
indescifrables sentimientos premonitorios.
Se sacó sus auriculares, retumbaba en sus oídos la explosión de los motores y el ruido del flujo envolvente de las hélices que lo rescataron de sus funestos pensamientos. Miró el cronómetro y leyó el tiempo transcurrido de vuelo que coincidía con el avistamiento de las primeras montañas, como lo había calculado.
Entró volando sobre sus cumbres y observó que estaban rodeadas por una gran aridez y ningún vestigio de civilización en sus valles. Sus catorce cilindros explotaban normalmente, marcando el buen funcionamiento de cada motor.
De repente…la manecilla del manómetro de presión de aceite se movió hacia al cero…indicaba que el motor de babor tenía una fuga...Miró ¡alarmado! sobre el ala, y una mancha negra de aceite se esparcía y crecía por el carenado del motor. Albert sabía que el problema era serio. Resolvió profesionalmente la emergencia. Aumentó la potencia del motor de estribor, interrumpió el paso de combustible del motor averiado, y lo apagó.
El DC-3 noblemente hacia todo el esfuerzo para mantenerse en el aire con un solo motor, aunque tendía a girar sobre su mismo eje vertical y llevarlo peligrosamente hacia las montañas. Corrigió su deriva hacia la izquierda, ajustando fijo el timón de cola…¡funcionaba! A partir de ahora ¡cada segundo sería una eternidad! La alta potencia hacía que el motor estuviera exigido al máximo…pero no tenía otra alternativa, y menos pensar que va a encontrar un llano en donde aterrizar.
-¿Si lo mantengo…unos…veinte minutos?…llego. ¡Vamos Douglas!...¡No te entregues! -gritaba en alta voz, dándose ánimo y coraje- entremezcló unos insultos y vociferó en contra de su suerte. Una explosión arrítmica en el único motor que funcionaba, puso al piloto en total ¡desesperación! Lo observaba con la tensión y la frialdad de un animal en acecho. Otra falsa explosión, otra más...Comprendió que el Espíritu de la India intentaba abandonar a su metálico cuerpo -¡un corazón parado y el otro fallando! Comenzó a perder altura y bajó planeando por un desfiladero. ¡No lo entregó!: impulsó el inyector manual de combustible y el motor pegó unas explosiones, como queriendo revivir...Siguió perdiendo altura…Continuó enérgicamente inyectando combustible. El motor giraba pero no tenía fuerza suficiente…Levantó más la trompa, pero seguía perdiendo altura, continuó ejerciendo movimientos desesperados y continuos…Su mente se apaciguó, y en el sin-tiempo que existe entre dos segundos: Vio toda su vida y sintió su inexorable partida…
-¡Dios! -fue su última palabra...
Una tremenda explosión, con llamas que se desprendieron hacia el cielo…Después, un absoluto silencio, y una nube negra ascendió lentamente entre las asperezas de dos montañas, disipándose antes de llegar a sus cumbres.
Algunos humildes pobladores fueron testigos de la caída del querido y reconocido avión y de su amado piloto. Reverenciaban al fatal espectáculo, arrodillándose en señal de respeto y con su frente apoyada en el suelo: por el alma que se había liberado de su envoltura física en ese instante.
Corrieron a su trágico encuentro. Medio día tardaron en llegar a los humeantes restos. Todos ellos se encontraban esparcidos por la ladera de una montaña; las cubiertas aún estaban encendidas y su espeso humo negro delataba su ubicación.
Los testigos comprendieron que el cuerpo del piloto se había incinerado; no lo buscaron, y en su recogimiento rezaron plegarias evocativas por el alma del difunto.
Una anciana observó que a unas 40 yardas, había un cuerpo humano...Se acercó y vio a un hombre con serias heridas. Estaba perfectamente alineado boca arriba y tenía apoyada su cabeza en una campera de cuero negro (de botones dorados, al parecer con unas desconocidas insignias militares), prolijamente doblada. Se aproximó con cierto estupor y vio que su pecho se dilataba y se contraía. ¡Respiraba!
-¡Está vivo, está vivo...! -gritó la anciana- a la vez que una veintena de personas corrieron en su auxilio. Mojaron su rostro con un pañuelo húmedo y acomodaron su pierna mal herida. No sabían qué hacer…
Sumergidos en su angustiante desolación comenzaron a escuchar ruidos extraños, como si fueran pasos de un carromato que se aproximaba...Perplejos observaron que detrás de un peñasco, aparecían la fantasmagórica imagen de una carreta y su buey jalando…Transportando a personas con ¡extraños e inadecuados atuendos!; su conductor no dejaba ver bien su rostro, que estaba oculto por un extraño sombrero de ala ancha.
Se puso a la par del sobreviviente. ¡Todos comprendieron al unísono que había que subirlo!, para que fuera auxiliado en el poblado más cercano.
Lo acomodaron suavemente, y uno de los extraños seres se despojó de una especie manta negra y de pequeña franjas blancas, que sacó por su cuello y extendió sobre el moribundo. Lentamente se quedaron mirando cómo el accidentado piloto retornaba a la civilización, en la búsqueda de su sanación. Todos sabían que el primer puesto sanitario estaba a cuatro jornadas, a pié.
El conductor yacía parado en el frente de la carreta, y picaba a su bestia en el lomo azuzándolo con extrañas palabras.
Bajó el sol, y entre las sombras cambiantes sus rayos se filtraban entre los peñascos, obsequiando su calor al herido. La intensa luz encendió sus mejillas, y sus ojos cerrados percibieron el rosado de sus párpados. El movimiento acompasado lo mecía suavemente. Un escollo en la desdibujada huella, hizo que saltara la pesada carreta, provocando que sus ojos se abrieran al unísono. El piloto herido…tuvo un centelleo de conciencia, y confundido contempló a una rueda maciza de rollo de árbol que giraba a su lado junto a una bestia delgada y huesuda…y con un solo cuerno. Presintió que detrás de él viajaban otras personas, y creyó escuchar sus murmullos, apenas comprensibles. Volvió a quedar inconsciente.
En esa misma noche, las manos anónimas lo dejaron en un pequeño puesto sanitario a más de 100 millas del fatal accidente.
En una modesta construcción funcionaba el dispensario. Estaba escasamente preparado para asistir en primeros y únicos auxilios. Su abnegado médico, hizo lo imposible en atender al accidentado apenas llegó.
Analizó que su pierna derecha presentaba gravedad: tenía el fémur expuesto, y si continuaba creciendo la infección, tendría que amputar. En un brazo y parte del torso izquierdo, poseía quemaduras de segundo grado.
El médico y su enfermero estaban perplejos, y no podían creer que estuviera vivo después de un accidente aéreo entre las montañas.
Lo trataron con los únicos medios disponibles para bajar la infección. No había penicilina y tampoco existía ya el único avión que se aventuraba a estas soledades para alcanzarlas.
El médico envolvió la pierna con unas grandes hojas de una misteriosa planta, que crece en secreto valle; y aceptó también con beneplácito unos polvos medicinales que alcanzó un anónimo curandero, que le dio de beber parte de él, esparciendo el resto por todas sus heridas.
Al tercer día, notaron que su fiebre bajó considerablemente y su hinchazón disminuyó.
Mientras le cambian las vendas y las marchitas hojas, el paciente balbuceó y pestañeó con ganas de abrir sus ojos. El enfermero lo observó expectante y complaciente humedeció su rostro.
En el quinto día, Albert despertó...miró a su alrededor, y al ver las paredes despintadas de la sala y unos clavos oxidados en ella, se dio cuenta que estaba vivo.
Le acercaron agua fría, bebió unos sorbos, derramando parte de ella sobre su pecho. Estaba muy confundido, miró como buscando por su alrededor, y preguntó:
-¿Dónde...está...el joven de campera negra...?¿Dónde está...el joven qué...me gritó?...¡Salta idiota! y...me sacó…entre sus brazos ¡del fuego!
El médico se sonrió y no entendió de qué estaba hablando; mirando al herido con alegría, sacó de su bolsillo un termómetro, después de sacudirlo lo introdujo entre los labios de Albert, y pacientemente esperó su lectura.
A la semana, las heridas ya le permitían caminar ayudado por un bastón y el enfermero. Recorrían pequeños tramos ejercitándose en círculos en un patio de tierra.
Jiddu localizó al accidentado piloto, y con un Willys vino a buscarlo para llevarlo a Benarés.
Acomodó al paciente en el asiento del acompañante, con su pierna entablillada y estirada. El médico se acercó y lo miró a los ojos por última vez; poniendo su rostro relajado y complaciente, le dijo:
-Bueno Sr. Bow. Créame que me gustaría decir que se salvó por milagro...Pero mis creencias me dicen: ¡Que no existen los milagros! ¡Hay un solo milagro y es...el de la Vida misma! Señor Albert…Créame…que usted...¡Volvió a nacer… de nuevo!
-Si...sé que ¡Nací de nuevo Doctor!. -con fervoroso reconocimiento dijo Albert, mientras reacomodaba su pierna-.
Y extendiendo sus manos, tomó las del médico diciéndole con sentida voz de gratitud y sincero agradecimiento:
-Le agradezco…todo lo que hizo por mí…Doctor…
-¡No me lo agradezca a mí…Sr. Bow!...¡Agradézcale a sus amigos…los pilotos…y al Reverendo, que lo trajeron a tiempo!-sorprendió el médico.
-¡Los pilotos!…¿qué pilotos?...¿y qué Reverendo?-dijo Albert, agudizando su mirada y con extraña incertidumbre.
-¡Los pilotos!…los tres franceses y el joven alemán…y el Reverendo ¡el de la carreta jalada por un buey viejo! No me dijeron sus nombres…tampoco Yo con…la…urgencia…¡No pregunté!
El médico al ver la cara de desconcierto y de sorpresa de su paciente, sospechando que era por el gran golpe que tuvo en su cabeza, agregó:
-Uno era un francés grandote y fumaba pipa…de ojos saltones…, otro…creo que tenía un casimir cruzado…, el otro…no lo recuerdo bien…¡Y el de campera negra con insignias militares y condecoraciones!…¡El joven alemán!
Jiddu arrancó el jeep, y emprendió el regreso con sumo cuidado de su amigo. Percibió que a su lado Albert estaba llorando…Pensó que sería por su pierna herida, disminuyó la velocidad y se cuidó de ser más precavido con las irregularidades del camino, sabiendo que los jeep Willys…¡No tienen buena suspensión!
Para el convaleciente, fue el viaje más doloroso y largo de su vida. Marchando a 30 millas por hora, en dos días llegarían a Benarés.
En el trayecto, era asediado por millares de humildes pobladores que al enterarse del accidente del Spírit of India acudían a su paso. En ambas márgenes del camino, se agolpaban saludando a su piloto, demostrándole sus sinceros y acalorados afectos.
Pasó tres meses de recuperación en la sede de la cooperativa, al cuidado de la familia del mecánico.
Su piel se repuso y sus cabellos y barba crecieron; su pierna marcaba notablemente una rigidez en la rodilla, que le hacía balancearse al andar.
A la cooperativa The Fliying to Freedom, solo le quedó su glorioso nombre, pintado en una chapa oxidada clavada en la entrada. Ya no tenía más su único avión, y era imposible suplantarlo por otro.
Resignados a su destino, los socios la transformaron en una cooperativa comunitaria: un poco de todo y mucho de nada. Entonces, el hangar se fue llenando de múltiples objetos e incontables mercaderías.
Aunque sí, quedaron dos símbolos de sus memorables vuelos: uno, era la manga de tela roja y blanca inflada e iracunda, que aún indicaba la posición del viento; y el otro símbolo, a su misma altura en lo alto de su morada, yacía siempre: Mr. Pitt-¡el pavo!, que al reconocer el arribo de su dueño y amigo, se lanzaba en un corto pero suntuoso planeo, aterrizando suavemente en la verde hierba, su esplendorosa cola majestuosamente desplegada.
Cuando volvía a su modesta y cálida habitación, Albert se recostaba vestido en la cama, mirando hacia arriba, prestaba atención a las manchas de humedad del cielorraso, éstas le sugerían fantasmales figuras. Meditaba si pudiera descifrar sus lecturas…quizás le estarían presagiando su incierto y errático futuro.
Un domingo por la mañana tomó la pequeña caja de madera de sándalo, y guardó en ella su brevet de piloto. Sobre él colocó una pequeña fotografía, que parcialmente quemada velaba un rostro y una dedicatoria. Cerró la caja y sobre ella apoyó su reloj. Pensativo, se quedó largo tiempo observando las manecillas quietas.
Durante algunas semanas no abandonó su habitación, y cuando pudo superar la asfixiante depresión, salió a la calle. En un populoso mercado logró vender su bicicleta y compró un bastón de bambú, que pidió se lo acortaran a su medida; al pretender pagarlo, el desconocido comerciante gentilmente se negó a cobrarle, y sin darle razones insistió que lo llevara.
En las pobladas callejuelas de Benarés vivió su convalecencia. Caminaba y se ejercitaba por los suburbios, apoyándose en su bastón.
Nada fue como entonces. Estaba en un país que ya no era inglés, con millones de personas de costumbres tan arraigadas y tan distintas a las suyas.
Sin trabajo, sin aviones y con un cuerpo dolorido, se resignó a su suerte, y de aquí en más se propuso vivir la paz de sus habitantes y recorrer sus innumerables templos. Sentía que tenía todo el tiempo del mundo para respirar su misteriosa atmósfera de tan profunda espiritualidad.
Con una modesta pensión de guerra, calculó que podía quedarse en la India a viviendo humildemente, y continuar buscando…su anhelada paz.
Pasaron los primeros años. Los habitantes de Benarés se habían acostumbrado a la presencia de ese hombre delgado, de cabello largo y barba pronunciada y canosa. Vestido con un conjunto beige de pantalón corto y camisa, con sombrero de fieltro marrón y ala de regular tamaño, lucía unos calcetines largos que llegaban debajo de sus rodillas. Era la imagen limpia y austera de un hombre que promediaba los sesenta años y había decidido vivir como un anglo hindú.
Albert deambulaba con la mirada extraviada, contemplando absorto el singular mundo que lo rodeaba, acompañado por los recuerdos y el golpe seco del bastón de bambú que retumbaba implacable en sus oídos.
Quizás muchas veces se habrá preguntado…si no habría un lugar del Infinito Universo, en donde encontrar a esos preciosos tesoros espirituales, que el polvo del tiempo veló para el común de los mortales…¡y que fuera él uno de los elegidos en hallarlo!... en los cuales su espíritu sediento, abrevara y se colmara plenamente de Sabiduría.
El dolor de su pierna hacía que cada trescientas o cuatrocientas yardas, tuviera que detenerse y descansar, apoyándose sobre un muro o asido al tronco de un árbol.
XV
Una Luz y una Esperanza
Una soleada tarde se alejó más de lo habitual. Su sed lo obligó a acercarse a una modesta construcción de ladrillos y de revoques ausentes. Su ocupante estaba sentado en el zaguán, en la típica postura de piernas cruzadas y de mirada alta y perdida. Se aproximó a su puerta y le pidió amablemente un poco de agua. El morador de casa le respondió con un gesto afirmativo y le hizo señas que tomase asiento sobre un montículo de piedras apiladas, debajo de una higuera. Albert aceptó y se sentó estirando su pierna convaleciente, acomodando su bastón a la par de ella. El gentil hindú llenó un pequeño cuenco de barro con su bomba manual.
-¿Usted es el inglés?..¿El del avión? ¡Espíritu de la India!...que cayó…-dijo el hombre interrogando a su ocasional visitante.
Bow al bajar el cuenco, descubrió su rostro y respondió:
-¡Si, si!…soy Yo…
Albert reparó en él y le llamó la atención que por sus delicados modales, por la calidad de su dicción y su clara expresión, acentuados por sus largos bigotes y su prolijo turbante, su interlocutor sería un Brahmín -miembro de la casta de los Brahmanes. Tomó continuos sorbos de agua; sabiendo que al finalizar escucharía más preguntas del curioso hombre. El hindú no esperó, y continuó con la conversación.
-¡Tuvo buen karma!
-Si, si claro...buen karma... -respondió Albert, acostumbrado a los años junto a Jiddu, que siempre vociferaba con esta palabra cuando se martillaba un dedo o se rompía algo…aunque también lo decía cuando le salían bien las cosas o tenía un momento de felicidad.
-Significa que su aprendizaje en la tierra aún no terminó ¡Que todavía tiene que aprender algunas lecciones! -agregó el hombre.
Albert riéndose y con un gesto de duda, le contestó:
-¿Lecciones? ¿Le parece a usted, que es lindo que yo ande con bastón, y a mi cuerpo lo acompañe el dolor junto a las cicatrices en mi alma?
-¡Sí…claro!…¿No se dio cuenta que está con vida? ¡La vida es una oportunidad!, y usted no la perdió. Una y otra vida…y otras vidas…nos da Brahma para que evolucionemos, es la única forma que podamos regresar. -respondió el hombre.
-¿Regresar...? ¿A dónde...?-preguntó el Piloto.
-¡Regresar...a Él! – dijo el hombre, con tanta simplicidad, como queriendo mostrar que no hacía falta explicar más. Pero al observar el rostro de perplejidad del inglés, agregó poniendo pose de docente:
-Si, Él…no nos creó. ¡Nosotros somos Su Emanación! ¡Salimos de Él! Y tenemos, en esta hermosa experiencia que es la vida…¡La oportunidad de purificarnos! y lentamente volver a Él. Volvemos como una gota de agua que vuelve al mar.
Tomó una gran bocanada de aire y agregó con énfasis:
-¡Después de contaminarnos en la tierra y pasar por todos sus estados!
El Brahmín, cerró su puño y remarcó con gesto de impotencia:
-¡La muerte…no puede ser el premio del esfuerzo y sacrificio de Vivir...Señor Piloto!
El visitante quedó sorprendido del Conocimiento que irradiaba esta humilde persona. Guardó silencio y empezó a sentir vestigios de entendimiento, del por qué de tantos infortunios que le dio la vida.
El Hindú sintió que su conversación era bien recibida, intuyendo que este fortuito encuentro también era cosas del karma.
-Siempre agradecí a Dios por las cosas buenas que me dió, pero también le agradecí por las cosas malas que recibí -dijo mientras sonreía, a la vez que miraba al cielo en señal de algún mal recuerdo.
-¿Por las malas también? -preguntó Albert sin percibir que su tono de voz había cambiado…,como si estuviera suplicándole que continuara la improvisada exposición de este desconocido.
-¡Si...por las malas también, Señor Piloto! Las cosas malas de mi vida, y ¡le aseguro que fueron muchas!...me sirvieron para despertar mi conciencia, y gracias a ellas pudo evolucionar mi Espíritu. De lo contrario, no hubiera sufrido...Entonces…¿cómo despertaría?
Continuó con su mirada fija e inmóvil, relajó su cuerpo como preparándose a una modesta reflexión.
-Estaríamos como Adán y Eva en el paraíso de ustedes...¡Felices per…eternamente primitivos! -Otra vez acompaño su sentencia con una gran risa, que hizo que su huésped se riera también por su elocuencia y sus alocadas comparaciones.
Interrumpió con fatiga y agregó:
-¡Me encanta verlo reír! ¿Se dió cuenta Señor Piloto que…es difícil hallar la felicidad…? ¡Pero qué fácil es ser alegre!
Y continuó con su ininterrumpida risa. El inglés sintió que el leve movimiento de su diafragma - producido por la risotada- hizo aumentar el dolor de su pierna; además era tarde, y no quería perder el último ómnibus que lo acercaría a su hotel. Hizo fuerza sobre el pomo de su bastón y pudo levantarse. Extendió su mano con la intención de estrecharla; el hindú comprendió el gesto occidental, e igual le correspondió entrelazando su mano, mientras que escuchaba las palabras de agradecimiento por su hospitalidad.
El Piloto caminaba gesticulando su dolor. Miró de perfil a su improvisado maestro y cortando la respiración, le dijo:
- ¡Es...el...Karma!
Y soltó el aire contenido junto a una sonrisa, con mezcla de alegría y de dolor.
Caminó unas treinta yardas, y presintió que Brahmín lo seguía con su vista. Se dio vuelta y escuchó que le decía (con un acompañamiento de socarrona voz) mientras movía su mano en un adiós:
-No le tema a la muerte…¿Usted no se imagina?¡Las veces que la ha practicado!¡No pierda tiempo! Empiece a reconocer sus cualidades no humanas…¡Busque refugio en lo Eterno! ¡Nosotros sabemos por qué lo decimos!
Albert lo escuchó y pretendió decir algo, pero un tirón en su rodilla lo disuadió del intento; se conformó en alzar el bastón y moverlo en un amplio y continuo saludo.
Esperó el arribo del ómnibus. Al poco tiempo divisó una nube de polvo, indicando que a lo lejos se aproximaba un destartalado Leyland; que por ser el último del día venía repleto de pasajeros agolpados en su techo.
El conductor disminuyó la velocidad al ver un bastón que se acompasaba ampliamente, en solicitud de su detención; por la puerta trasera bajó el motorman y lo ayudó a subir. Viajó parado entre los curiosos que lo observaban como si nunca hubieran visto a un occidental de cabello largo y barba. Quizás muchos lo reconocían y lo contemplaban como el primer piloto de avión que tuvo la India Libre.
Retornó al hotel. Entró a su habitación, encendió la luz, abrió su ventana y se quedó observando los edificios de la ciudad, que brillaba como si fuera un gran enjambre de luciérnagas. Lentamente las luces fueron apagándose y Benarés se diluyó en penumbras.
Como era su costumbre, se acostó mirando el techo. Meditó y recordó la conversación con el alegre y sabio hombre. Por momentos se distraía golpeándose la cara y espantando una pegajosa y persistente mosca. Su mente divagaba y hasta reparó en las conocidas manchas del cielorraso, que a pesar de sus monótonos grises, eran semejantes a los hermosos y fascinantes dibujos que habían decorado el fuselaje del último avión que piloteó.
Todos los días se acicalaba como si tuviera un compromiso o un encuentro preestablecido. Salía sin rumbo, sintiendo que iba a encontrar aquello que el destino le tenía celosamente guardado…esa Gran Escuela Cósmica, formada por la vida de humildes seres, en donde la cotidianeidad de las cosas simples ponía en relieve lecciones inapreciables.
XVI
¿Purificarme de qué?
Como de costumbre, Albert salió a ambular por la ciudad. Caminaba apaciblemente, cuando fue sorprendido por el extraño y creciente bullicio de sus calles. Observó con sorpresa que estaban atestadas de gente, y que por el movimiento presuroso de ella, lo empujaban obligándole a resguardarse bajo el dintel de una casa. Su conglomerado y su desorden callejero aumentaban a medida que se acercaban hacia la orilla del Rio Ganges.
Se sintió por primera vez extranjero, entre tanta variedad de personas de extraño aspecto y de exagerada singularidad. Confundido, prefirió retornar a su hotel y dar por terminada su salida diaria.
Al llegar a la conserjería, le preguntó al encargado:
-¿Dígame, a que se debe tanta gente en las calles?
-¡Es el festival de Ganga Puja! -dijo el Conserje.
-Perdón…el festival de ¿Ganga…qué? -replicó Albert.
-¡Ganga Puja! El festival que se celebra para bendecir a la Gran diosa madre Ganga ¡La amada de Visnú! -respondió con entusiasmo y devoción el conserje. Continuó:
-Viene gente de toda la India y de otros países también, a purificarse en sus aguas.
Albert lo interrumpió:
-¿Purificarse?
-¡Sí! a purificarse. - respondió el Conserje- el Ganges emerge desde el infinito… ¡Hogar de los Dioses!
Mientras tomaba la llave del cuarto, continuó manifestándose con gran erudi ción:
-Su agua es la Vía Láctea, y corre por el cielo pasando por Las Sietes Estrellas de la Osa Mayor y Sirio…corre y se deposita en lo alto del Himalaya, y cuando las nieves se derriten, sus aguas se deslizan hasta llegar a nuestro golfo de Bengala. En Él, está ¡el néctar de la inmortalidad! ¡Señor Bow!...Si Usted se baña en sus aguas en estas fechas…Cortará su cadena de nacimientos. Es simple…limpiará su Karma y…¡No más sufrimientos!
Le alcanzó la llave de su dormitorio, a la vez que le hacía persuasivos gestos con su rostro como sugiriéndole: ¡Que se convenciera!
Albert subió por la escalera, y mientras abría la puerta de su habitación, pensó que le sobraba tiempo, ya que tenía todo el mes de Marzo para averiguar sobre este nuevo y extraño mundo místico.
Al día siguiente salió y bajó sin premura la pendiente de la calle y contempló que sobre el color rosado de las fachadas de las casas, estaban atestadas de guirnaldas de todo tipo de flores y colores; sus vecinos junto a los visitantes demostraban una algarabía sin límites, revelando un espíritu de felicidad y espontánea alegría.
Contingentes formados por familias enteras y hombres sin compañía, pasaban por su lado entonando canciones al compás de ruidosos címbalos y del contante sonar de numerosas campanillas.
Rodeado, se dejó empujar por la pacífica corriente. Estaba expectante entre ellos, y con esa tumultuosa sinergia fue impulsado hacia las orillas del Rio Ganges.
Se halló cercado por mujeres de cabellos renegridos y de tez bronceada, ataviadas con sus largos vestidos de colores vivos, de verde, rojo, amarillo, azul que contrastaban con el brillar de sus dientes y con las innumerables pulseras y collares que adornaban sus cuerpos; junto a hombres que expresan su alegría caminado de prisa, apenas cubiertos por un taparrabos sobre su ennegrecida piel.
Los peregrinos llegaban en largos y movidos grupos, como si fueran un afluente humano que buscaba desembocar en el rio.
Albert apoyado en una plataforma, se acomodó para contemplar un espectáculo jamás soñado.
Le llamó la atención que cerca del lugar en donde se hallaba, había una gran cantidad de personas que se agolpaban en la última escalinata, y descendían y se sumergían en sus aguas. Cantaban y oraban; muchos de ellos lanzaban al agua pequeñas ofrendas hechas de grandes hojas de seleccionadas plantas, adornadas con flores y una vela encendida en su centro. Suavemente las dejaban navegar a merced de la corriente, y a medida que se alejaban iban formando una hilera interminable de flores y luces, que se mecían perdiéndose entre las suaves olas.
Estaba maravillado de este místico espectáculo. Su mirada se dirigía con inquietud a todos lados, como si fuera un mundo mágico de ensueños.
La curiosidad lo llevó a situarse en medio de los oferentes. No pudo evitar la tentación de participar de este jolgorio -aunque su pierna le limitaba sus desplazamientos. Junto a él, un devoto derramaba leche en el rio, mientras que otro manipulaba una reluciente lámpara de metal con aceite encendido, que meneándola sobre la corriente la ofrecía en adoración.
Todos cantaban entusiasmados, abstraídos del mundo cotidiano:
¡Ari Ganga Devi!, ¡Ari Ganga Devi!, ¡Ari Ganga Devi!...exclamaban acompañándose en estruendosa sonoridad de acompasados tamboriles y tintinear de campanillas.
Perdido entre la multitud, se observaba a un occidental, que golpeaba rítmicamente sus manos, cantando con entusiasmo y con mística devoción, a la par de aquellos que lo ¡incluyeron! en sus festejos: Albert cantaba, y sus ojos entrecerrados dejaban escapar un brillo de luz que iluminaba a su sereno rostro, a la vez que una pacífica sonrisa se dibujaba entre su espesa barba.
El sol estaba descendiendo, cuando el inglés, despreocupado continuaba viviendo a pleno el festival hindú. No parecía que fuera el mismo: estaba compenetrado...¡Diría atrapado! De su cuello colgaban múltiples collares de vivas flores, que manos anónimas habían pasado por su cabeza, y él había aceptado con beneplácito y cumplida reverencia.
En la soledad de la noche contemplaba la marcha errante de una barcaza iluminada, que repleta de peregrinos remontaba la corriente, abriéndose paso entre las ofrendas flotantes e iluminadas. Sintió la nítida impresión de que su luz se asemejaba a un cometa en viaje errante por el caudaloso e inquieto firmamento…¡su larga cola meciendo suavemente innumerables estrellas encendidas!
Era muy tarde cuando retornó a su mundo real. Por sus calles correspondía -sorprendido- al saludo devocional de todas las personas que pasaban a su lado…Quedó pensando, extrañado por qué lo saludaban con tanto respeto...La atmósfera reinante en comunión con las vivencias experimentadas, lograron que apenas llegara a su cuarto se acostara rendido. Ni siquiera atinó a encender la luz.
El bullicio creciente de los madrugadores visitantes retumbaba en su ventana. Se despertó y fue al baño. Al mirarse en el espejo, comprendió boquiabierto el porqué del saludo reverencial que le prodigaban los peregrinos, en su retorno de la trasnoche: ¡Se parecía a un Yogui! Vió su rostro de cabellos enmarañados y prominente barba…Todavía llevaba puesto sus collares de flores, para colmo alguien le pintó un Tilaka (…tres rayas con pintura de ceniza blanca) en su entrecejo y parte de la frente. Se sonrió, abrió el grifo y dejó escurrir el agua; tomó el jabón, se volvió a mirar e hizo una mueca. Entonces dejó el jabón y cerró el grifo, considerando que su imagen estaba muy acorde para ir de vuelta a la orilla del rio a rodearse de los peregrinos y devotos.
Pasó por una calle lateral y después sorteó largos pasillos, que se presentaban como laberintos confusos; al fin pudo llegar a las márgenes del festival sin ser empujado u obligado a caminar de prisa.
Se quedó contemplando y escuchando a una banda de gaiteros hindúes, que en reminiscencias de la época colonial ejecutaban marchas militares, dándole un toque occidental y colorido al milenario peregrinaje de los fieles, que se apresuraban en llegar a las orillas.
Buscó un lugar apacible; se acomodó a tres peldaños del margen, respiró profundo y sintió cómo su pecho se expandía. Percibió de inmediato, la mística del ambiente y la magia de su entorno.
Quedó obnubilado al escuchar una fina y delicada voz, que surgía entre el tumulto de peregrinos. Unos músicos que movían con destreza sus manos, en continuos y fuertes golpes de címbalos, acompañaban a una joven cantante, y a otra danzarina que armoniosamente hacía movimientos giratorios, logrando que sus coloridos vestidos se inflaran, mostrando sus finas calzas y sus delgados tobillos. Ella, rítmicamente ondulaba sus brazos contorsionando sus manos, expresando así el significado de la danza.
Albert enfatizó su admiración, cuando las jóvenes aparecían y desaparecían, tras el sutil velo de un aromático humo envolvente de incienso y sándalo.
Miró con real entusiasmo todo lo que lo rodeaba. No desperdiciaba ni los más ínfimos detalles, desde la postura contemplativa de un Yogui a la llamativa vestidura naranja y amarilla de un monje budista.
Reparó en la llegada de unos Sadhus, que en su total despojo por bienes terrenales, aparecían desnudos (o apenas cubiertos con taparrabos), con largas cabelleras ensortijadas y enmarañadas barbas. Albert había escuchado hablar de la existencia de estos Hombres Santos, pero nunca los había visto y menos tan de cerca. A su fugaz paso, sintió la presunción de que eran Seres no terrenales, venidos de otra esfera del Universo. Sabía que muchos de ellos habían abandonado a sus esposas e hijos, su posición social y bienes, renunciando a todas sus pertenencias en la búsqueda de la Iluminación. Su extrema delgadez, sus pieles endurecidas y ennegrecidas por las inclemencias del tiempo, eran embellecidas por collares de cuentas de colores y brazaletes, que contrastaban sobre el blanco del polvo de cenizas con que frotaban y cubrían sus cuerpos. En sus manos llevaban un Sutraman o Rosario Divino, cuyas cuentas ensartadas en un cordel, representan al espíritu humano encarnado en sus innumerables cuerpos a lo largo de toda su existencia.
Pasaron a pocos metros de Albert, y alcanzó a observar que a su alrededor los devotos se arrodillaban, y bajaban su frente al suelo a medida que se deslizan entre ellos. Y con inexplicable fervor los llamaban: ¡Baba! ¡Baba!
Quedó realmente motivado y emocionado por sus pasos, y sintió como si fuera parte de una ilusión, la de poder compartir el espacio y de respirar el mismísimo aire con estos excelsos hombres. Los siguió con su vista hasta perderlos entre la multitud.
Todo el día y toda la noche se quedó participando y meditando, a veces acompañó unas ofrendas y uno que otro canto.
Ese día no retornó a pernoctar a su habitación.
Amaneció sobre una escalinata. Al despertar, se dio cuenta que había dormido apoyando su cabeza en el hombro de un desconocido peregrino.
Participó de otro día más de ofrendas, cantos y bailes. Continuó compartiendo entre sus nuevos pares esta austera y espiritual experiencia, hasta el final del mes de Marzo.
Se fue quedando solo a medida que los fieles retornaban a sus pueblos y mundanos quehaceres. La ciudad lentamente recuperó su trajín de vida, todo el mundo retornó a sus trabajos y obligaciones.
Algunos Sadhus quedaron compenetrados en sus habituales ostracismos y con sus indiferentes ausencias respecto de la circundante realidad, ocupaban solitarios refugios a la vera del Ganges.
Albert en su incomprensible presente, sentado en la escalinata, los observaba desde lejos.
Después de más de dos semanas viviendo a la intemperie, finalmente retornó a su hotel.
Su apariencia era otra. Estaba más delgado, su rostro presentaba el matiz de haber estado bajo el sol mucho tiempo y su cabello y barba poseían cierta descoloración. Su cuerpo aseado y su ropa limpia, mostraban que no desperdició la oportunidad de sumergirse en las frías aguas del Ganges: vestido con su pantalón corto y…otras veces desnudo.
Ambuló como un extraño por su habitación. El ruido producido por la caída de una gota de agua que se desprendía pausadamente del grifo, hizo que acudiera a cerrarlo, cuando alzó su vista, se contempló en el espejo: reconoció el rostro de otro Albert...de mirada serena y profunda. Las facciones de su cara estaban totalmente relajadas, dándole la impresión de haber probado la silenciosa paz, y haber saboreado la caprichosa y escurridiza felicidad.
Se tiró sobre la cama revuelta, y movió con insistencia su cuerpo buscando una posición cómoda: no le parecía que fuera tan confortable como antes. Apagó la lámpara al sentir que hería sutilmente sus retinas. Los sofocantes suspiros y el angustiante desvelo lo acompañaron en las primeras horas de la noche, y antes del amanecer…se quedó dormido.
El ruido del tránsito fugaz de una motocicleta lo despertó, y quedó con su vista perdida mirando al cielorraso. Siguió con atención cómo un rayo de luz se filtraba por la celosía de la ventana, e iluminaba la pared a medida que transcurría el tiempo. Observó que su luz se descomponía en espectrales colores. Volvió a dormitar…y al abrir sus ojos contempló cómo las confusas manchas grises del techo estaban pintadas por los sutiles siete colores del arco iris…¡dibujando el arcano persistente de su inexorable destino!…ahora esas manchas que siempre lo atraía, eran distintas. No sólo comenzó a percibir sus imágenes veladas hasta entonces, si no a comprenderlas y reconocerlas. Un sentimiento en lo más recóndito de su corazón lo invadió de alegría, intuyendo como si ellas representaran el arduo y penoso final del trabajo del alquimista: La Gran Obra estaba por ser consumada...
Se sentó al borde de la cama, atisbó sus pies descalzos por breves segundos.
Se paró frente al espejo, se miró a sí mismo a los ojos por largo tiempo y en silencio. ¡Comprendió todo!
Tomó una tijera y prolijó su barba, peinó sus cabellos y los untó con perfumado aceite fijador. Descolgó una percha con su casimir beige y su camisa blanca; los dejó sobre el respaldo de una silla. Buscó sus zapatos y les dio brillo. Abrochó despacio su camisa y anudó su calzado e hizo y deshizo barias veces el nudo de su corbatín azul; al fin logró que luciera su perfecta simetría debajo del impecable cuello blanco. Se vistió como si tuviera una importante cita.
Se miró, y con nostálgica complacencia recordó al elegante joven que paseaba por la calle Florida, en la lejana y bien recordada Buenos Aires. Abrió el cajón, tomó su reloj y lo colocó en el bolsillo de su chaqueta, haciendo pasar su cadena por el ojal de la solapa. Tomó el sobre que contenía sus escasas pertenencias y recuerdos. Lo guardó en el bolsillo interior.
Contempló por largo tiempo la habitación, mientras deslizaba su mano por la pared…el ¡clic! de la llave de luz rompió el silencio y quedó a oscuras: velándose para siempre su vida en ella. Cerró la ruidosa puerta y caminó en dirección a la escalera. Se detuvo, y acomodó su sombrero panamá, y empuñando su bastón salió a la calle.
Descendió por la zigzagueante calle y cruzó la ancha avenida. Se acercó a la escalinata de amarillenta piedra, que descendía en leve pendiente hacia las corrientosas aguas del Gran Rio. Buscó y se acomodó en un escalón, no muy lejos de una pira funeraria que aún se mantenía sin encender. Colocó su bastón entre las piernas, apoyó en él una mano sobre la otra con cierta postura de caballero londinense; extendió su mirada a lo lejos bajo la modesta sombra de su sombrero, observando a los hombres y mujeres que entraban y salían del Ganges con expresivos gestos de mística devoción, como si fueran miles de almas que ingresaran a la existencia de la Vida, saliendo de Ella purificadas.
Contempló serenamente cómo las barcazas se desplazaban contra la corriente…comparándolas con su incansable felicidad, sus numerosas pérdidas, sus continuos fracasos y…sobre todo con su incomprendida inercia.
Su reciente llegada no incomodó a los deudos que indiferentes colocaban sus maderos sobre el cadáver.
Enseguida, las lenguas de fuego que se desprendían serpenteantes de la incineración, le produjeron nefastos recuerdos: se preguntaba qué había de común entre esas llamas vivas y aquéllas que lo acompañaron en los momentos más trágicos de su vida. Un pantallazo de su único combate aéreo de juventud…su caída con el viejo Douglas…sus remordimientos…
XVII
Los Dormidos
Abstraído en su contemplación, Albert no se había percatado que era observado por un joven Sadhu, que de lejos dejaba lucir su desnudez. Intuyendo que alguien lo miraba (o lo llamaran con su mente), dobló su rostro de repente y cruzó su mirada con la de aquel Ser. Su imagen le pareció familiar, pero por más que hizo lo imposible por recordar, no pudo saber de dónde.
Albert tímidamente bajo su vista, aflojó los cordones de sus zapatos, desabrochó su chaqueta y la camisa y desanudó el corbatín azul. Desnudo, acomodó prolijamente sus ropas unas sobre otras.
Por unos instantes miró las aguas del rio, lentamente bajó los escalones y entró en él. Quedó cubierto más arriba de la cintura. La luz del sol encandilaba sus ojos. Se sumergió y emergió: y…entre los rayos del sol y él, ¡estaba parado Él!
Sorprendido, reconoció al mismo joven Sadhu que lo venía observando desde su llegada a la orilla: contempló su amplia sonrisa fulgurando de su rostro iluminado, y sus profundos ojos de mirada muy anciana, que irradiaban sus incontables Existencias…todas.
-Albert, ¿No te dije antes?, que: ¡Hallareis la Verdad y la Verdad os hará Libres! -dijo sorpresivamente el joven Sadhu, con toda la firmeza de haber conocido a Albert en su pasado…en algún remoto e insondable pasado. Observando su mirada triste, leyó en ella la pesada cruz… y comprendiendo todo, serenamente le dijo:
-Renuncia a esta vida y ¡Vivirás!
El Sadhu sacó del agua un cordel con numerosas cuentas de semillas ensartadas en él, y con lentitud lo pasó por la cabeza de Albert y lo acomodó en su cuello.
El sol lo enceguecía; en sublime conmoción cayó arrodillado, y el agua lo cubrió por completo. Resurgió…afanoso buscó al misterioso Sadhu por su alrededor…y no lo encontró.
Retornó confundido con cortos y pesados pasos a la orilla. Por momentos creyó que el excelso joven era parte de una ilusión...Estaba desconcertado, y sentía un gran dolor, como si el inesperado encuentro hubiera sido producto de su imaginación, o quizás haya sido la consecuencia de una fuerte insolación.
En su mente daban vueltas una y otra vez, esas palabras tan cargadas de amor y comprensión…esas palabras de consuelo y sabiduría que buscó ansiosamente a lo largo de toda su vida.
Se sentó sobre el escalón. Desilusionado y apenado, clavó su mirada al piso y cerró sus ojos por largo tiempo. Los abrió y observó el movimiento acompasado de una pequeña sombra, formada por incontables esferas unidas que se mecían ante él. Sus ojos ¡resplandecieron de alegría! cuando se dio cuenta que llevaba colgado en su cuello un Sutraman dorado.
Inmensamente reconfortado, dejó correr el tiempo a la par de las aguas de su benefactor río, consciente de lo ¡real! que había sido su mágica experiencia.
Oscurecía, y la ciudad se esfumaba en sus rosados y curvos perfiles. Observó que en la abandonada pira funeraria, solo quedaban unas cenizas dispersas y dos maderos en cruz prendiéndose fuego.
Se paró, recogió suavemente sus pertenencias y se acercó a la fogata. Decidido, colocó sobre la llama sus finos zapatos, su pantalón y su camisa; dobló su chaqueta y la encimó al fuego, y sobre ella puso su sombrero.
El fuego se reavivó, y las incipientes llamas surgieron a su alrededor como flamígeras falanges, que se apresuraban en devorar la ofrenda. Miró su apreciado brevet de piloto de 1917, y los documentos personales que lo identificaban como Albert Bow…leyó: ¨nacido en Northfall Meadow en 1899¨...y los arrojó al fuego. Por último sostuvo la cadena con su reloj de oro y lo dejó caer sobre las llamas.
Contempló con indiferencia cómo ellas acababan con su identidad…su profesión…y su tiempo; y en silencio, sus lágrimas desbordaron en surcos que laceraron sus mejillas, desapareciendo en la canosa barba, para emerger en pausadas gotas que estallaban en el suelo. Movió con su bastón las brasas, y lo abandonó entre ellas.
Una suave brisa arrojó al Ganges las cenizas de sus bienes, envolviéndolas con fuerza y llevándolas hacia lo profundo de su ser.
Amaneció. Una anciana y su nieta, se le acercaron trayendo un cuenco con arroz y un pequeño cántaro con leche; los colocaron a su lado, le reverenciaron juntando sus manos, y bajando sus cabezas…con silenciosos pasos se alejaron.
Mientras comía sirviéndose de pequeños bocados, acompañados por pausados sorbos, reparó que a poca distancia caminando solitario por la orilla, estaba ese misterioso Ser, que conoció surgido del insondable e incomprensible rio. Lo siguió con la mirada en su ambular errático, de escalón a escalón.
El Sadhu se dio vuelta de repente, e hizo un gesto con su mano: ¡Lo llamó! Albert dejó el cuenco y el pequeño cántaro sobre el piso, y marchó detrás de sus pasos...
Caminaron juntos sin pronunciar palabra, y por momentos sus sombras se encimaban, dando la ilusión de ser una sola. Hasta que, cansados, se sentaron en la última escalinata.
En silencio, quedaron mirando cómo el río circulaba con premura, y sintiendo sus pequeñas crestas salpicando a sus pies.
De repente el extraño, empezó a reírse de tal manera que contagió a su ocasional compañero, quien tentándose, lo acompañó en la inocente risa sin saber a ciencia cierta de qué se estaban riendo.
-Cuándo lo pienso ¡Ni Yo! lo puedo creer. -decía entre risas, Él.
Albert asombrado, preguntó tímidamente:
-¿Qué es lo que no puedes creer?
-¡Ay!...¡Ay!...¡Ay...Albert! -dijo Él.
-¡Mira Albert! Hace tanto tiempo que ando por este mundo que ¡Ni Yo me curo de espanto! -continuó.
-¿Sabes qué es estar encarnado entre seres dormidos? ¿Qué dormidos?...¡Requetedormidos! Reencarné tantas veces para dar mi Doctrina ¡No a cualquiera!, sino a aquellos que estaban listos para recibirla.
Albert lo miraba con asombro al escuchar su inesperada confesión.
El Sadhu continuó hablando, mientras se agachaba lanzándose agua a sus pies.
-¡Hice cada desaciertos! Te confieso que siempre tuve la mejor voluntad...Pero los dormidos,..Albert…¡Siempre los dormidos estropearon todo!
El asceta lanzaba cada ¡Ay! acompañado con una bocanada de aire que sugestionó e impresionó a su oyente. Tanto fue así que comenzó a respirar profundo, a la vez mirándolo perplejo y francamente desconcertado.
El Sadhu continuó:
- Siendo un Maestro en este mundo, empecé a elegir entre los menos dormidos a mis discípulos. Los reconocí de inmediato, y los pobres siempre dejaban todo para seguirme. Quise empezar a dejar mi enseñanza...inventándoles cuentitos, bueno…queda más delicado decir ¡parábolas para que entendieran! Yo los miraba y me esforzaba en quererles explicar: Lo Eterno, las Moradas Celestiales...el Sendero del retorno…No lo podía creer...¡Lo único que les interesaba era que les hiciera milagros! Sí amiguito…¡No les interesaba lo Espiritual! ¡Qué ingenuo fui y que infantiles eran! Bueno...¡Así siempre me fue después de todo! Cuando Yo era perseguido, siempre los dormidos ¡desaparecían y me dejaban solo!…¡Así es la naturaleza humana! ¡Decime qué hubiera pasado si mis enseñanzas no hubiesen caído en tantos ineptos! ¡Cuantas Verdades habrían trascendido a la posteridad!
Confundido, Albert lo escuchaba, por momentos apreciaba que el vello de su piel se erizaba y sentía golpes de escalofríos. Y hasta tuvo pensamientos de duda y desolación que le produjeron el miedo de estar sentado junto a un loco o un desquiciado. Pero el Sadhu narraba con tanta humanidad, que poco le importaba si realmente era o no, quien Él decía ser.
El Santón se zambulló en el agua, al emerger miró a su nuevo compañero mientras se acomodaba los cabellos, y continuó:
-¿Tú crees que me dí por aludido? ¡No! Con el tiempo...dije...voy a bajar de nuevo por unos años como ¡Avatar…como le dicen ustedes, un Salvador o Mensajero Divino, para comprobar si las cosas cambiaron! ¡Me corrieron, acusándome de herético impertinente, pertinaz y obstinado!
(Con sus manos se tomaba la cabeza y la movía en señal de no comprender)
-Seguro que te cansaste y no quisiste aparecer nunca más. -dijo Albert, manteniendo sus ojos cerrados y dispuesto a escucharlo.
-¡No es tan fácil! -respondió el Sadhu- ¿Cómo quieres que olvide a mis dormiditos? Ellos son para Mí como piedras preciosas enterradas; si no les doy Luz ¡Jamás brillarán!
Sé que no puedo contarte todas las veces que me manifesté desde el Comienzo de los Tiempos. Son tantas, que me olvidé de algunas de ellas,…recuerdo...¿a ver? ¡sí!…a un ¡simpático Pastor gaucho en la Patagonia!...y creo que por un día fui también ¡un plumífero cóndor de los Andes! -dijo, y soltó un estallido de risa mientras miraba suspicazmente a su compañero. Albert sin abrir sus ojos compartió la risotada y sacudió con picardía su cabeza, en señal de recordar bien ¡al gaucho, su milagroso buey, y al cóndor de los Andes!
A partir de ese momento no tuvo duda con Quién estaba hablando y empezó a comprender –una a una- todas las experiencias mágicas de su pasado.
El Sadhu pegó un salto de repente y trepó a la escalinata; volvió a sentarse al lado de su compañero y le pegó un suave codazo, por temor a que se hubiese quedado dormido.
-Estaban dormidos ¡pero tan dormidos!, que…siempre me hacían abandonar mi cuerpo por la violencia. Me apedrearon, me clavaron en un madero, me quemaron, me infligieron otras terribles torturas; y cuando se perfeccionó la tecnología...Me acribillaron a tiros, y te digo más: ¡Me borraron en Hiroshima! - decía mientras se tomaba ambas manos riéndose a más no poder.
Albert se tentó tanto…tanto que ¡cayó al agua!
-Y hoy, Me ves aquí contigo Bertie. -decía mientras se secaba las lágrimas producidas por la risa.
-¡Estoy en el cuerpo de este Sadhu! flaquito, chiquito...mendicante; no llamo la atención a nadie ¡Paso desapercibido! ¡Digamos que es una Encarnación de Descanso! Sí, pongámosle un término...Sí, de:..¡Descanso! ¿Qué opinas Albert?: ¡De Divino Descanso! Prefiero ser un ¡Avatar viviente! y no un Salvador moribundo.
Su interlocutor hizo un gesto moviendo afirmativamente el mentón como aprobando el calificativo, mientras Él hacia círculos batiendo el agua del rio con su pie derecho, indicando a su amigo…el poderoso Símbolo de El Eterno Retorno.
Continuó:
-Estoy muy, pero muy cansado. Los dormidos de antaño continúan dormidos. Cuando lo pienso, creo que no encarnaré más en una persona ¡No! ¡Lo haré en una manifestación múltiple! ¡Sí!...seré cien o mil…
Podrán matar uno o más, pero ¡No a todos!…¿¡Te imaginas Albert, lo que haríamos millones de Avatares encarnando el mismo tiempo!?
Descansaron bajo el techo de un viejo santuario de evocativas figuras labradas en arenisca roja. Cansado, Albert apoyó su cabeza sobre la espalda de Él. La noche fue serena y una atmósfera de indescifrable paz se cernía a su alrededor. El sonido de un grillo (que en algún lugar recóndito hacía vibrar su monocorde melodía), junto a la mágica comunión del reflejo de la luna sobre el rio, como mágico escenario, los fueron llevando a quedarse profundamente dormidos.
Amaneció. Albert despertó con somnolencia. Mientras estiraba sus brazos y bostezaba le llamó la atención que su nuevo amigo, sentado en posición erguida, meditaba en el murallón de piedra con las piernas cruzadas y sus palmas unidas sobre el pecho.
El sol iluminaba el sereno rostro del Sadhu; sus rayos brillaban en el ennegrecido cuerpo y la copiosa barba, haciendo que resaltara su solemne postura adornada con largos cabellos enroscados ¡como si fuera una corona de espinas sobre su cabeza!
Su nuevo Discípulo corrió y se sentó a su lado, imitando su posición y gestos. La estrella Sol se hallaba en el cénit; cayendo perpendicular sobre el río; su tibio calor y su refulgente luz hacían que ambos estuviesen iluminados, sin sombras en su sendero.
Un día Albert y Él, visitaron el mercado a las afueras de la ciudad, en donde miles de personas se apretujaban para adquirir o vender sus mercancías.
Pasaban justo en el momento en que una joven mujer, manejando su lujoso Jaguar le tocaba bocina a una indiferente vaca sagrada, que apaciblemente masticaba su bolo de pasto echada en el medio de la calle. Mientras continuaban los bocinazos ¡alarmantes!, en su alrededor se agolpó un montón de curiosos, que gesticulaban y vociferaban. El Sadhu y Albert escucharon el bochinche y la discusión. Después de pasar entre ellos, el joven Yogui guiñó un ojo a su amigo inglés, a la vez que movía la cabeza con desconcierto.
-¿Son menos evolucionados…No?- dijo Albert.
-¡Sí!..Porque son almas jóvenes. Les falta mucho. Aún tienen muchas vidas por delante; son ciegos…y como niños ciegos se aferran a sus juguetes con temor de perderlos ¡Cuando logren la Luz…los desecharán, porque verán que no los necesitan y marcharan libres y desapegados! -respondió el Sadhu, mientras Maestro y Discípulo salían de la multitud riéndose indiferentes.
XVIII
¡Esa es Mi próxima!
En una tarde de verano, caminaban uno detrás del otro con total despreocupación; iban al Ganges a darse un refrescante baño.
Escucharon un extraño susurro, continuo y agudo proveniente del cielo. Al unísono alzaron sus miradas buscando su fuente, y observaron que provenía de un voluminoso avión que se desplazaba a gran altura, dibujando cuatro estelas blancas tras de sus alas.
Los Sadhus se quedaron boquiabiertos contemplado su elevada preformance.
Albert no hizo comentario alguno, porque ignoraba los adelantos técnicos de las últimas décadas. Pero su pequeño amigo puso cara de entendido, señaló el avión con su dedo índice, y dijo:
-Es un Boeing Model 707, con cuatro turbinas Pratt &Whitney JT3D-7 Turbofans de 76.000 Libras cada una…Produciendo un total de ¡304.000 Libras de empuje!…Aunque te diré que están equivocados…¡Son más!…exactamente 304.821 y media Libras de empuje, y…su envergadura es de 145,75 Pies de largo…
Albert se detuvo estupefacto y se quedó mirándolo pasmado: ¡No entendía nada! Sorprendido por el conocimiento y la actualización de su pequeño compañero.
El pequeño Sadhu continuó concentrado, y frunciendo su ceño pintado -apenas perceptible debajo de sus cabellos- continuó afirmando como ¡si tuviera a alguien murmurándole al oído!:
-Puede llevar 110 pasajeros y su velocidad de vuelo es de 550 Millas por hora…
Permanecía extasiado y totalmente compenetrado en el avión, que se alejaba de su vista, mientras agregaba:
-Su Rango Máximo es de 8.697,04 Km…y su Techo es de 11.037,21 metros de altura…
El discípulo comenzó a tentarse de risa al contemplar a ese hombrecito…que en su oscura piel traslucía todo el esqueleto, y en donde se podían contar todas sus costillas, y debajo de esa maraña de cabellos y barba: ¡aparecía un experto en aviones!
De repente el tierno Sadhu guardó silencio por breves segundos, mientras contemplaba absorto cómo el Boeing se perdía entre un manto de nubes blancas. Ladeó su rostro con lentitud y miró a Albert con ojos que se expresaban en una mirada infantil y pícara, brillando como si maquinaran una travesura dispuesto a realizarla a cualquier precio.
Dijo entrecerrando sus párpados, como si estuviera soñando:
-Debe ser emocionante, y…¡Una experiencia única!…El ser Piloto y poder manejar estos aviones…¡Con cuatro potentes turbinas, y recorrer el mundo llevando seres por el cielo!
Al concluir la frase, su rostro prorrumpió en espontanea alegría, y sus ojos se abrieron, brillaron como si hubiera encontrado una perla abandonada en la playa. Miró a su sorprendido amigo, y a la vez que chasqueaba con fuerza sus manos, le dijo:
-¡Ya está!…esa es. ¡Mi próxima apariencia en la Tierra! ¡Seré Piloto!
Albert estalló de risa, a tal punto que no podía gesticular palabra…y de inmediato comprendió la alocada intención de su amigo: ¡El Avatar!, que pretendía continuar con su Divina encarnación de descanso…¡pero viajando por el mundo, y como tripulante de un Jet nada menos!
Y más lágrimas risueñas derramaba cuando se lo imaginó vestido: ¡de gorra blanca y uniforme azul con ribetes dorados!
Entusiasmado porque había encontrado su futura manifestación humana, imitaba -a la perfección- el sonido de una turbina. Y…extendiendo sus brazos como si fueran las alas de un avión, correteaba por la calzada cual si estuviera por tomar vuelo; detrás de Él, corría rengueando su cómplice amigo, imitando sus movimientos. Como si fueran dos niños eufóricos, reían tras esquivar a los atónitos testigos.
El Sadhu se detuvo de repente, esperó que su fatiga disminuyera, y humedeciendo sus labios dijo a su compañero:
-¡Cuando Yo no esté, Albert...debes aumentar el fulgor de Tu Luz, a través del Amor y la Meditación, y verás que los buscadores se dirigirán a Ti, como si fueras un pulsante faro de Luz que ilumina sus derroteros!
Mientras así se expresaba, una tristeza iba invadiendo su sabio rostro y sus ojos se llenaron de lágrimas; puso su mano sobre el hombro del discípulo y haciendo un esfuerzo para tragar saliva, dijo con profunda emoción:
-Has pasado por la larga vida de esta Escuela Cósmica, con innumerables periodos de descanso ¡Qué los dormidos le llaman muerte! ¡Y has acumulado progresivas experiencias!...en el aula de la ignorancia…
¡Luchaste, y lentamente ascendiste en el aula del aprendizaje!…y ahora estás...¡En el aula de la Sabiduría!
Sacudió suavemente con un par de palmadas el hombro de su amigo, y poniendo todo su entusiasmo, expresó:
-¡Bravo Albert! ¡Lo has logrado!
Agregó:
-Y cuando salgas de la esplendorosa y gratificante aula del Saber…Te habrás transformado en un Maestro de Sabiduría: ¡como Yo!
Guardó silencio por unos segundos, mientras miraba con ternura y comprensión al rostro inmóvil de Albert. Su voz volvió a sonar más distante, cuando dijo:
-Así mismo, debes saber que a medida que evoluciones, tu vida será más difícil e incomprendida...Te acosarán los que vienen detrás, cargando sus pesadas cruces…y muchos al no poderte alcanzar te abandonarán…entonces te encontrarás solo en las oscuras noches del alma. Pero no desesperes, porque al final del Sendero hallarás la Luz…¡y Yo te estaré esperando!
Albert sintió un fuerte dolor en su pecho, la congoja lo invadió al advertir que quizás su Maestro se estaba despidiendo, preparándose a continuar con su Plan Divino, manifestado en otro excelso plano.
Siguieron caminando, uno detrás del otro sin emitir palabra alguna; la emoción de ambos se lo impedía.
Se sentaron en la cubierta de una barcaza varada afuera del agua; el joven Sadhu rompió el silencio, diciendo:
-Mira, reconozco a todos los buscadores, y aún sin que se den cuenta, ¡hasta estimulo sus deseos de indagar! Albert, debes saber…cuando te reconocí en esa fría mañana en las soledades de la Patagonia, ¡ignorabas lo que te esperaba! Me di cuenta de inmediato de tu ansiosa e incontrolada aspiración hacia la trascendencia de tus innatos anhelos divinos.
¿Recuerdas el versículo que te traduje del galés, en la capillita del Sur argentino?...¿Recuerdas que preguntaste Quién era el que iba acudir…cuando tu llamaras? Querías avanzar y saber…¡buscaste Alguien superior a ti!…¡Y lo has hallado!…Y sabes ahora que tu meta será ¡a través del Servicio que prestarás al mundo! ¡Al mundo de los dormidos!
¡Hay un Plan Divino!,… y Tú, mí amado Albert…¡Perteneces a ese Plan!

El Sadhu miró con sus dulces ojos al infinito y diáfano cielo, alzó sus brazos…figurando la representación de un ¡Cáliz Humano abrazando al Sol! que complaciente y amoroso lo bañaba con su tibia Luz Dorada…entonces, pausadamente comenzó a recitar un Mantra en melodioso Senzar¹…:
Vuela…¡No dejes de volar!
Que tus largos inviernos pasados,
te hayan servido para despojarte
de tu viejo ropaje,
que gastado y remendado
has desechado indiferente a un lado.
Que las nuevas y promisorias
primaveras de tu existencia,
sirvan para que florezcan
¡Mil rosas! en tu fortalecida alma.
Y crezcan en ti,
coloridas y saludables plumas
que en los extremos marchitos de tus alas
en majestuoso ¡vibrar!
te eleven a la cumbre,
y ayuden a sostenerte en ella…
¡en esa altura donde la mezquindad no alcanza!.
Y así, obnubilado y aquietado en tu paz interior,
puedas contemplar la real belleza
de la Vida Ascendida…
¡Tu Nueva Vida!
Se paró de repente frente a Albert. Encimando la mano derecha sobre su hombro, sonrió, le sacudió la mejilla con suaves palmadas, y en tomada voz, señalando la pálida luz que destellaba en el interior de la barcaza varada, dijo:
-¿Ves a esta diminuta vela, que encendida nos alumbra? Su infanta llama continúa esfumándose en luz infinita, llegando al punto máximo de su expresión a través de la…¡expansión eterna de la claridad!
Obsérvala con atención y verás como ella te representa…ella eres tú: Su sostén de cebo encarna tu cuerpo físico, blando, orgánico, con los pies pegados a la tierra. Te alzas al igual, en endeble equilibrio entre las fuerzas de la naturaleza que hieren tu fragilidad. Cuando la mano amorosa del Creador, te ¡obsequió el don más supremo de su amor!, que fue servirte de una parte de Él, te otorgó su chispa divina, y a tu dormido cuerpo le concedió su fuego: ¡Te encendió!, como esperanzado rayo de luz…y comenzaste a dar tus primeros relampagueos y refulges en las tinieblas del tiempo sin tiempo de su Manifestación Cósmica.
¹) Lengua Sagrada Hindú.
Enseguida, orgulloso te enarbolaste como llama Divina, suave y radiante…tu Padre y tus Celestiales Hermanos te contemplan desde entonces con regocijo… porque una nueva chispa ¡que caprichosamente hoy lleva tu nombre…se ha manifestado!
Vives en el ilusorio tiempo consumiendo tu cuerpo…envejeciendo, pero sin desvanecer, sigues ¡firme! con radiante Luz iluminando a tus semejantes, sirviendo y colaborando en la Creación.
Calló el Sadhu permaneciendo impasible y pensante. Mientras en armonioso vaivén deslizaba su mano por la pequeña llama jugando con sus danzantes sombras, continuó:
El fuego que eres, se asemeja a esta encendida flama que se manifiesta en sucesivas envolturas de colores: en el centro está el oscuro pabilo representando los restos de tus viejas pasiones superadas; una leve envoltura roja es el ardor que pones para poder vivir en la manifestación…luego una capa amarilla más amplia que las otras ¡representa tu Alma!...tu anciana alma pletórica de sabiduría y radiante de vivencias acumuladas en sucesivos nacimientos. Otra en diáfano azul, es tu sutil y eterno Espíritu que envuelve y contiene a todo el resto ¡como si fueran dos flamígeras manos en suplicante rezo!...y a medida que avances y te eleves al Ser, contemplarás una exaltada radiación de ardor, de tibia luz dorada que se expande más allá de los cuerpos sutiles y jamás captable por el común de los humanos, solo percibido en el éxtasis de los místicos, cantado en versos de poetas y parcialmente desvelado por los Maestros de Sabiduría…¡como Yo!
Brillas porque eres ¡único y divino!, y a medida que los dormidos vean que tu cuerpo sustancial se consume…hasta llegar a desintegración total, ignorantes dirán que has muerto, que solo quedan los amorfos y devaluados restos de la erguida vela que otrora fuiste…Ignoran que ese vehículo fue desechado por tí como viejo y fatigado calzado, porque ya no lo necesitabas en tu Senda de Luz…
Tu eres fuego eterno y siempre viviste en su interior, te has consumido en dolor, lucha, pasión, aciertos y fracasos…y meritoriamente sin fallecer ¡te has superado!
¡Bravo pequeña y Gran Llama! ¡Has ascendido a un plano superior, en donde ya no necesitarás ser ni vela ni cirio…tu esencia lumínica se ha sublimado a la Gran Luminiscencia del Ser…te has sumergido en Él!.
No más vidas ni más búsquedas…¡eres libre al fin, eternamente Alfa y Omega…!
Entonces a tus peregrinos, hermanos del sendero, les dejarás, como humilde símbolo y pequeño faro de tu fugaz tránsito hacia la Luz, esta pequeña, Grande y juguetona llama, como la que irradia esta temporal vela…¡que eres Tú!
El Sadhu guardó un largo y profundo silencio…La noche quedó atrás… alumbraba el sol al amanecer.
Continuaron juntos por el mismo sendero. No en pocas oportunidades, de lejos se veía a Albert moviendo las manos mientras hablaba…se paraba y movía los pies, luego inclinaba el torso de derecha a izquierda y de izquierda a derecha…¡Como si estuviera manejando un avión!. Mientras, el menudo Sadhu caminaba a su lado…¡Al lado de su Instructor de Vuelo!...mirando y repitiendo los movimientos con esmerada exactitud.
Durante muchos años llamó la atención en Benarés, principalmente a los extranjeros, ver ambulando por las calles y templos de la ciudad a un Yogui con características muy especiales: su elevada estatura, sus rasgos occidentales y su inequívoco acento inglés.
Si alguien hubiera preguntado por el Sadhu Blanco, toda India sabía que deberían buscarlo y lo hallarían a lo largo de las orillas del rio Ganges: desde su nacimiento en lo alto de la montaña de Shivalinga hasta su desembocadura en el Golfo de Bengala.
Nadie sabía su nombre. ¡Extranjero era! ¿Y su edad?: ¡Siempre estaba!
A veces caminaba solo, otras veces acompañado. O sentado como un Yogui ausente y en silencio…meditaba…irradiando una inconmensurable paz.
Quizás, en alguna oportunidad se acordó de alguien que volando en un antiguo aeroplano por la Argentina, le dijo:
Mira Albert…las Grandes Almas son siempre solitarias. Por su especial naturaleza, están condenadas a marchar sin compañía en el largo Sendero de Retorno. De esa ¡Soledad! hablan todas las religiones…Sobre ella escribieron los prosistas, le cantaron los poetas…y fue musa inspiradora de artistas. Su sutil y suave susurro acompaña a los Buscadores por el largo Sendero de la Sabiduría.
Los habitantes de las ciudades que se alzan a lo largo de las márgenes del Ganges y los miles de peregrinos que ocasionalmente las visitan, estaban acostumbrados a ver a los dos santones, creyendo ingenuamente que los acompañarían toda la vida...Pero un día el Sadhu Blanco desapareció misteriosamente...al igual que su inseparable amigo. Y nunca más en toda India se supo de ellos…

Epílogo
En el fluir ilusorio del tiempo, y en algún aeropuerto del mundo…aterrizó un moderno y resplandeciente jet de pasajeros…sin tripulantes que se percibieran manejando sus comandos…
En la sala de espera, llena de viajeros y familiares, su resonante bullicio cesó de repente…cuando descubrieron que una suave ráfaga de aire tibio se deslizaba sutilmente sobre ellos. Asombrados y consternados se miraban entre sí, hasta que alzaron al unísono la vista y contemplaron a ¡dos extrañas luminiscencias!...que se habían estacionado en la sala sin que nadie las apreciara al principio.
Instantáneamente sintieron que una atmósfera de armonía y recogimiento, los había compenetrado plenamente; en un íntimo flash mágico, intuyeron…¡aquello que antes no habían comprendido jamás…en sus individuales existencias!
Arriba, en lo alto, las flamígeras Centellas titilaban ¡cómo si tuvieran vida!, una más que la otra…¡asemejándose a dos corazones palpitantes de luz!
-¡Ey! Albert Bow, ¿Todavía estás temblando del susto? -dijo la Centella Mayor- ¡Ya te acostumbrarás a estos bruscos cambios! Las primeras veces ¡a Mí me pasó igual!
La Centella Mayor lanzó una risotada que inundó el espacio con una burbujeante lluvia de esferillas de luz salpicando los atónitos rostros de los presentes. Mientras, le decía a su amigo:
-¡Calma!…Calma ¡ya dejamos de ser Pilotos!...¡¿No te diste cuenta que ahora somos dos Seres de Luz…?!
Al instante emanó de su lumínica esencia una chispa que rozó a su compañera, y le dijo:
-Estaba pensando…¿Qué te parece si nos vamos a la Patagonia, como dos gauchos?, o si prefieres, como dos monjes en el Tíbet…o nos reaparecemos como Sadhus en la India…o… ¡Chiflados…continuamos piloteando aviones!
La Centella Mayor resplandeció en iluminada duda, y preguntó a su apenada compañera:
-Te veo afligido…¿En qué piensas?
-Estoy…¡mirando a tus dormidos!...me da mucha pena abandonarlos- susurró con sentida impotencia la Centella Menor.
-¿A mis dormidos? No dirás… ¡¿a Nuestros Dormidos, Albert?! -contestó plena de infinita alegría la Centella Mayor, a la vez que estallaba su níveo fulgor en resplandor de infinitos colores, matizando todo el ambiente y destellando en plenitud en los corazones de los absortos espectadores.
Antes de partir, la diáfana y paternal Voz de la Centella Mayor retumbó en el espacio, colmando a los espíritus presentes con una sublime esperanza:
-¡No los abandonaremos Albert! ¡Volveremos! ¡Volveremos como Avatares de la Era de Acuario!
En ese instante, repentinamente, ante los conmovidos ojos de los presentes…¡en mágica fusión ambas Centellas se sintetizaron en un Gran Ser de Luz!
El deslumbrante Ser se expandió en un solo haz surcando el espacio como un súbito relámpago, hasta descansar en una vibrante Estrella de radiante albor… ¡Muy alta en el Universo!, seguida y custodiada…por millares de lágrimas silenciosas…que obnubilaron por unos instantes las…
Encendidas y ¡Despiertas! pupilas
de sus Hermanos Menores.
Cuentan en la India que en las noches de luna llena, sus habitantes salen a contemplar el diáfano firmamento buscando el titilar de una ¡fulgurante estrella!
Y aquellos que estén preparados…podrán escuchar el murmullo lejano de los motores…de un avión ¡mitad pájaro! reflejándose en las aguas del Ganges… sus infinitas cintas de colores esparcidas en el viento.
Es ¨The Espirit of India¨ que vuela con sus fantásticos pilotos, eternamente atrapados en el tiempo
Los mayores ¡juran que es verdad!
Las aguas del Rio amigo, continúan fluyendo sin fin…a modo de cómplices que trataran de borrar de la memoria de aquellos testigos que Los vieron caminar entre los hombres.
Para que en el futuro se hablara de sus vidas, como:
¨ Una Leyenda,
llena
de
¡Luz y Misterio!...de Aquellos pilotos, que al fin y al cabo
habían vivido
como un
disimulado
Avatar,
y como
simples
aviadores entre nosotros ¨
FIN
LEÓN BOUVIER
